Los Cuervos No Saben Contar

Los Cuervos No Saben Contar

Author:A.a. Fair
Language: es
Format: mobi
Tags: thriller_police
Published: 2011-09-24T23:00:00+00:00


14

Había coches parados delante del apartamento de Shirley Bruce. Iba acercándose la hora en que la gente vuelve a casa de trabajar y aquella congestión me pareció parte natural e integrante de la vida de una gran ciudad. Di marcha atrás al coche de la agencia hasta topar con el parachoques del automóvil parado a continuación, y salí luego al centro de la calle. Otro coche salió de la fila delante de mí. Lo conducía un hombre de unos treinta y cinco años que no parecía tener mucha prisa. El que estaba sentado a su lado era del mismo tipo corriente. No hablaban. Tenían la mirada fija en la dirección que seguían. Hice sonar la bocina y les pasé. En el espejo de retrovisión observé que se había puesto en marcha otro automóvil aparcado detrás del mío. El conductor de éste parecía tener más prisa. Tocó la bocina, me alcanzó, intentó pasarme.

Pero debió calcular mal el tráfico y hubo de seguirme pegado a mi rueda derecha trasera.

También conducía aquel vehículo un hombre que llevaba un compañero silencioso al lado.

Aflojé la marcha y reflexioné un poco.

No me pareció que fueran policías. Si eran agentes particulares, alguien se estaba gastando la mar de dinero en mí.

Indiqué, con una señal, que iba a torcer a la izquierda.

Resultó que uno de los coches de atrás iba a torcer en la misma dirección, al parecer. Y observé que el más lento de los dos daba, de pronto, muestras de interés y aceleraba levemente la marcha.

En el último instante alcé el brazo, convirtiendo la señal en viraje a la derecha y torcí, bruscamente, en ese sentido. Un par de choferes hicieron sonar, frenéticos la bocina y mascullaron maldiciones al pasar. Pero yo crucé el tráfico casi en línea recta y me metí por una bocacalle.

Uno de los "autos" de atrás no consigui imitarme. El otro logr dar con un hueco en el tráfico y seguirme.

Me acerqué al bordillo, apliqué los frenos, abrí la portezuela, me apeé. Dije:

Bueno, muchachos, ¿de qué se trata?

Ni volvieron la cabeza siquiera. Al parecer no sabían ni que existiese. Amainaron la marcha hasta casi detenerse pero, al apearme yo, continuó adelante, como si lo único que le preocupase fuera dar con el paradero de un número determinado de la calle.

Regresé a mi coche, subí, di la vuelta en medio de la manzana, corriendo el riesgo de violar las señales, y no volví a ver a mis sombras.

Cuando quedé convencido de que nadie me pisaba los talones, me dirigí a las oficinas de Peter Jarratt.

Jarratt no deseaba verme. Estaba, me informó, a punto de cerrar el despacho e irse a casa. Era tarde y tenía que asistir a una comida. Me había dicho ya todo lo que sabía del asunto al telefonearme. ¿No podría aplazar aquella entrevista hasta mañana?

Le dije que me temía que no.

Consultó con impaciencia el reloj y me dijo que tirara adelante.

Me senté al otro lado de la mesa frente a él y le estudié con más atención que cuando le viera en el establecimiento de Nuttall.



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